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CINE: PARA QUE NO ME OLVIDES

CINE: PARA QUE NO ME OLVIDES

(Dir.: Patricia Ferreira; Guión: Virginia Yagüe y Patricia Ferreira; Productor: Pancho Casal. Reparto: Fernando Fernán-Gómez, Emma Vilarasau, Marta Etura, Roger Coma, Mónica García, Víctor Mosqueira. 2005)

La historia, que se desarrolla en el Madrid de nuestros días, tiene por protagonistas principales a tres generaciones distintas de una misma familia: Mateo, el abuelo, Irene, la madre, y el nieto, David, junto con su novia, Clara. Un hecho inesperado desencadena el conflicto dramático que alterará el equilibrio existente en sus vidas cotidianas y obliga a estos personajes a enfrentarse con el peso de sus diferentes memorias emocionales. La aparición de una misteriosa casa antigua, y sobre todo, la presencia del abuelo, acercarán unos personajes a otros. En este proceso irán aprendiendo a convivir de modo constructivo con el recuerdo del dolor y a superar la soledad en el descubrimiento de los otros.
La película, que aborda el tema de la memoria y el olvido desde diversos puntos de vista, se convierte en un valiente alegato a favor de la recuperación de la memoria histórica republicana. Y se hace desde dos vertientes: una, desde el recuerdo de los logros culturales y educativos de la República, mostrada en la bibliofilia de Mateo así como en la sensibilidad histórica y artística de su nieto; y otra, desde la lucha irrenunciable contra el olvido de las víctimas causadas por el bando nacional-católico. Esta defensa de la memoria se lleva a cabo a través de los dos personajes masculinos, Mateo y David. Mateo, niño de la guerra civil, ha sufrido en plena infancia la pérdida traumática de toda su familia a manos de la infamia franquista. Único cuerdo en un mundo de locos, se resiste a olvidar a sus seres queridos con los que sigue hablando como si habitara un mundo de fantasmas. Aprovechando la fama de colérico políticamente incorrecto y la excelente interpretación de un extraordinario Fernando Fernán-Gómez, la directora nos deja en boca del personaje de Mateo tres monólogos excelentes en los que defiende la legitimidad republicana y la legitimidad del recuerdo de los desaparecidos en la guerra: «¡Yo no olvido nada! ¡Yo no olvido nada!», llega a gritar en un momento. David, el nieto, representa el compromiso consciente de los jóvenes que ahora están involucrados en lo que ha dado en llamar la recuperación de la memoria histórica democrática y antifascista. Su explicación sobre la situación desesperada de los republicanos al final de la guerra en las playas de levante y su labor de investigación sobre la vida de su abuelo, contrasta con la actitud de los personajes femeninos. Mientras que el personaje de su chica, Clara, representa la inconsciencia y la desorientación de parte de la juventud actual, la madre representa la voluntad consciente de las generaciones de la transición de cerrar los ojos. Irene insiste en mirar hacia otro lado y echar al olvido todos los recuerdos dolorosos, incómodos y que le alteran el orden de su mundo material y aburguesado. El contraste entre los dos jóvenes queda subrayado por el fondo de campo de los planos de la escena de la verbena en la que bailan agarrados: mientras que en el fondo de la imagen de David se ven los colores rojo, amarillo y morado de las sombrillas de una conocida marca de helados, en el fondo del contraplano de Clara, aparecen un desconcierto de banderas de distintas naciones y de la Unión Europea. Clara, con todo, aprende de la actitud vital, amable y responsable de David y encuentra el sentido de su vida en lo aprendido a través de él. La madre, pese a sus atribulaciones, consigue llevar a cabo su labor de directora de una escuela de teatro para invidentes. Gracias a la memoria, los actores ciegos consiguen interpretar sobre las tablas del escenario una obra Antón Chejov en la que todos los personajes actúan como si vieran.
Rodada durante los días previos y posteriores del 11 de marzo de 2004, la película explica importancia de recordar para saber situarnos correctamente cuando todo es confuso y doloroso. La mayoría responsable del pueblo español supo recordar a tiempo los oprobiosos años de la mayoría absoluta aznarí y sus resultados, por lo que tampoco olvidará fácilmente a sus víctimas, ni las de entonces, ni las de ahora.

Patricia Ferreira nació en Madrid, donde estudió Ciencas de la Imagen y Periodismo. Comenzó su carrera en la información cinematográfica y la crítica de cine en medios como Radio Nacional de España, Televisión Española y Fotogramas. Seguidamente, trabajó como ayudante de dirección en numerosas producciones de televisión, principalmente documentales, para cuyo rodaje ha recorrido España, Europa y Latinoamérica. En el año 2000 presentó Sé quién eres, por la que Patricia Ferreira fue designada candidata al Goya a la mejor dirección novel. El alquimista impaciente (2001), según la novela de Lorenzo Silva, premio Nadal del año 2000, fue un logrado thriller que confirmó las posibilidades de Patricia Ferreira. Obtuvo el Premio del Círculo de Escritores Cinematográficos al Mejor Guión Adaptado. Ahora estrena Para que no me olvides, que se ha presentado (Sección Oficial Berlinale Especial Fuera de Concurso) en el Festival de Berlín. / MPM

AZAÑA, UNA PASIÓN ESPAÑOLA, POR JOSÉ LUIS GÓMEZ

AZAÑA, UNA PASIÓN ESPAÑOLA, POR JOSÉ LUIS GÓMEZ

Del 27 al 30 del pasado mes de enero se pudo disfrutar en el Teatro Español de Madrid del reestreno de la obra histórica basada en textos del que fuera presidente de la República española. Se trata de un monólogo teatral dirigido e interpretado por el dramaturgo José Luis Gómez, producido por el Teatro de La Abadía y basado en una selección de textos de Azaña realizada por el que fuera asesor del ex-presidente Aznar, José María Marco. Coincidiendo con el aniversario del nacimiento del significado estadista y escritor –nos referimos naturalmente a Azaña-, José Luis Gómez quiso homenajearle con una reposición de Velada en Benicarló, escrita por Azaña en el camino del exilio a Francia. Ante ciertas dificultades de reparto optó por la reposición de este monólogo. Azaña, una pasión española nació sobre las tablas del Centro Dramático Nacional de Lluis Pasqual en 1988 y por su interpretación en esta obra José Luis Gómez recibió el Premio Ercilla en 1990. Tras varios reestrenos más, ha vuelto ahora al Teatro Español de la mano de su director Mario Gas para abrir la temporada teatral de 2005.
La obra que aborda las consideraciones esenciales sobre el respeto y la tolerancia se encuentra centrada entorno a tres grandes ejes temáticos: la meditación sobre la autopercepción personal y las circunstancias vitales e históricas -el autorretrato-, la reflexión sobre la incardinación del proyecto laico de la República en historia de España, y por último, el arte y la cultura como política de Estado en medio de una reflexión sobre el arte y el paisaje español. Con una magistral sobriedad en el empleo de elementos escénicos –tres sillones giratorios, un cesto de papeles, ceniceros, humo de cigarrillos, música y unos pocos efectos especiales- y una precisa caracterización, el actor confronta al personaje con un imaginario y ausente interlocutor –la historia, el público- para ir desentrañando a partir de extractos de la correspondencia, de discursos, de diarios, de memorias, de reflexiones personales y de la particular inclinación musical de Manuel Azaña, un retrato fascinante y poético de la personalidad del político, de sus ideas y pensamientos: “Educado, sí estoy; domesticado, nunca.”
Según declaraciones de Gómez en la presentación del espectáculo, "esta obra no pretende ser una reconstrucción histórica ni un juicio de la actuación política de Manuel Azaña" y sin embargo, lo presenta, según sus propias palabras, como un personaje “quijotesco” y “trágico”, eso sí, fascinante por lo complejo y lleno de “enormes posibilidades teatrales”. Siguiendo las explicaciones más torticeras del personaje, el dramaturgo ha declarado intentar “una comprensión de sus fallos”. Sin explicar cuáles son estos “fallos” de Azaña -¿políticos?, ¿de personalidad?, ¿era muy feo?- José Luis Gómez nos estaría remitiendo a esos discursos que, de modo inconsciente o no, tratan de desviar la culpa de la guerra civil hacia los fallos, errores y carencias de la República y sus defensores para ocultar la verdadera culpabilidad criminal de sus asaltantes golpistas. Pero no es el único reparo que se le podría hacer a la particular interpretación que José Luis Gómez hace de Azaña. Su visión está impregnada de un nacionalismo españolista que no sabemos si habría sido totalmente del gusto de Azaña, al menos en las interpretaciones que de sus textos ha hecho Gómez ("Azaña es un personaje que trasmite una gran emoción, cuyo dolor por la España que no logró atraviesa paredes de granito"). El dramaturgo ha llegado a emparentarlo un tanto forzadamente hasta con el tan traído y llevado “patriotismo constitucional” de los dos partidos beneficiarios de la actual restauración borbónica ("Tras el espíritu republicano de Azaña late, quizás, ese ‘patriotismo constitucional’ que tanto nos puede ayudar en el tiempo presente").
Con todo, se trata de una excelente dramatización, que si bien no nos acerca el Azaña más interesante para los republicanos, esto es, el próximo a sus proyectos políticos forzosamente truncados, sí nos acerca al más conocido por el público, quizás inevitablemente asociado a la guerra, el exilio y al fin de la República./ MPM

LA POLÍTICA DEL LIBRO DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA: SOCIALIZACIÓN DE LA LECTURA

Ana Martínez Rus, Gijón, Ediciones Trea, 2003, 543 págs.

En este libro se analizan las acciones oficiales y las iniciativas particulares que contribuyeron a la difusión del libro y a la socialización de la lectura en los años treinta. El régimen de libertades y el sistema democrático facilitaron la divulgación del libro y la promoción de la lectura pública en la sociedad española con la publicación de todo tipo de obras y el establecimiento de bibliotecas abiertas a todos los ciudadanos. Con la Segunda República se superó el concepto restringido de la biblioteca popular por el de biblioteca pública y gratuita. El Patronato de Misiones Pedagógicas distribuyó más de cinco mil colecciones en las escuelas de pueblos y ciudades, poniéndolos a disposición de todos los vecinos. La Junta de Intercambio y Adquisición de Libros, máximo organismo en materia bibliotecaria, también instaló numerosas bibliotecas públicas municipales en localidades agrarias. Por otra parte, la política bibliotecaria impulsó la industria editorial y el comercio del libro en el país. De hecho, durante el período republicano crecieron las editoriales, muchas constituidas en sociedades anónimas, y aumentaron las librerías en toda la geografía española. Además el ambiente institucional proclive al libro y a la extensión de la cultura impulsó a editores y libreros a desarrollar actividades como las ferias del Libro de Madrid (1933-1936), que sacaron el libro a la calle, y los camiones librería de la Agrupación de Editores Españoles (1934-1935), que acercaron las obras a compradores rurales. En este sentido, destaca la colaboración y la amplia respuesta del público a todas estas propuestas en consonancia con los nuevos derechos adquiridos y la participación en la vida política. También se estudia la acción oficial del Instituto del Libro Español, que pretendió racionalizar la exportación de libros a Hispanoamérica con la instalación de depósitos en las principales capitales americanas.
El presente volumen es el resultado de una concienzuda investigación de doctorado que basándose en una robusta labor de documentación y de hallazgos de nuevas fuentes, aporta una caudalosa información hasta ahora inédita en los estudios dedicados a la cultura del periodo republicano. Bien estructurado y claramente expuesto, queda enriquecido por un novedoso tratamiento multidisciplinar de historia sociocultural, al día con las últimas tendencias de investigaciones humanísticas. Se trata, sin duda, de una obra de referencia e imprescindible para conocer a fondo la política del libro durante la República y que recomendamos tanto para lectores especializados como para profanos interesados en temas republicanos:
«La República requiere un tratamiento específico como categoría historiográfica y no como medio para acercarse al enfrentamiento fraticida. Además, la excesiva vinculación con la guerra explica la opinión generalizada de fracaso que ha acompañado a este período de la historia de España por el sentimiento de culpabilidad de los protagonistas y por la construcción ideológica de los vencedores. El carácter negativo de la República justificaba la sublevación militar, olvidando que el fallido golpe de Estado fue la verdadera causa del supuesto fracaso del régimen, como ya señaló Santos Juliá. De este modo, el trágico destino de la República ha ocultado realizaciones y experiencias como la socialización del libro y de la lectura que aquí se aborda» (p. 11)
Ana Martínez Rus (Madrid, 1971) es doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Especializada en la historia de la edición del libro y de la lectura, formó parte de los proyectos de investigación financiados por el Ministerio de Educación y la Comunidad de Madrid “Historia de la edición española contemporánea (1836-1936)” dirigidos ambos por el profesor Jesús A. Martínez Martín, director también de su tesis. Autora de varios artículos en revistas especializadas, ha participado de la obra colectiva Historia de la edición en España 1836-1936 (Madrid, Marcial Pons, 2001). Ha sido becaria posdoctoral del Ministerio de Educación y Cultura en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, bajo la dirección del profesor Roger Chartier, para estudiar la labor de los editores y libreros españoles exiliados. En la actualidad, es becaria posdoctoral de la Comunidad Autónoma de Madrid y trabaja sobre la política del libro durante el franquismo. / MPM.

AZAÑA O EL PROYECTO DE LA MODERNIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA

En el 125º aniversario del nacimiento de Manuel Azaña Díaz

Por Manuel Pulido Mendoza
Un 10 de enero de 1880 nacía en la madrileña localidad de Alcalá de Henares el que llegaría a ser Presidente de la Segunda República Española Manuel Azaña Díaz. Tras su formación primaria y secundaria en la provincia de Madrid, se licencia en derecho por la Universidad de Zaragoza en 1897 y se doctora en 1900 con la tesis La responsabilidad de las multitudes. Manuel Azaña, como el resto de jóvenes intelectuales de su generación, vivió en el quicio entre un interminable y ruinoso siglo XIX y la modernidad de un siglo XX que parecía no llegar nunca al país. Azaña alcanza conciencia política en el momento en el que el sistema de la Restauración monárquica está haciendo aguas ante su incapacidad de adaptación a las nuevas realidades históricas que la modernidad industrial estaba creando en Occidente. La ineficaz y autoritaria administración colonial española nada pudo hacer ante la pujante fuerza económica y militar estadounidense en la guerra de 1898. España, un país fundamentalmente agrario, sin posesiones ultramarinas de importancia, con una estructura social, económica, política y cultural atrasada, estaba perdiendo el tren de la modernización ante las poderosas naciones de su entorno. El país estaba excluido de este proceso que, impulsado por la concentración de capitales, estaba llevando a importantes cambios históricos en Occidente. En el cambio de siglo, las clases dirigentes mantenían el país fuera de este proceso de industrialización acelerada, urbanización, secularización, racionalización agrícola, especialización y crecimiento industrial. En España, por tanto, se daba una escasa complejidad en la división del trabajo, en diversificación de estratos sociales, en la participación política y en la esfera pública de las clases sociales populares, y en general, el mercado de consumo de masas estaba muy poco desarrollado. Los estados occidentales modernos habían conseguido desarrollar una creciente capacidad para la regulación institucional de los conflictos sociales y políticos, mientras que en España, la conflictividad de las dos últimas décadas de la Restauración era cada vez mayor.
La modernización de la segunda revolución industrial, consiguió, pese a las caducas estructuras políticas estatales, abrirse paso. Los capitales repatriados de las últimas colonias perdidas permitieron una incipiente industrialización zonas muy localizadas en España. Cataluña, País Vasco y Madrid fueron zonas pioneras en el proceso de modernización urbana e industrial. El crecimiento de las clases urbanas, la burguesía capitalista, la clase media profesional y el proletariado, permitieron que la modernidad se abriera paso en España a través de fenómenos imbricados como la aparición de grupos políticos regionalistas o nacionalistas, el desarrollo de una incipiente burguesía liberal puesta al día con los avances culturales y científicos europeos, y movimientos políticos y sindicales obreros cada vez con mayor poder de convocatoria. La neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial y las ganancias capitalistas adjuntas a esta posición, tan sólo acrecentaron las tensiones entre las diferentes fuerzas surgidas de la incipiente modernidad y las resistencias a los cambios. La guerra colonial de Marruecos y la conflictividad social constante obligaron a la monarquía a apoyar una dictadura que a apenas podía mantener el caparazón avenjentado e inerte del Estado de la Restauración.
Azaña, al igual que muchos otros intelectuales de su edad, vivió todo este proceso de resistencias políticas al cambio democrático en el Estado español. Como testigo de excepción pudo reflexionar sobre la necesidad y planificación del cambio político que necesitaba España para entrar en la plena modernidad industrial. Becado por la Junta de Ampliación de Estudios tuvo la oportunidad de residir en París a partir de 1911 durante un tiempo. Allí estudia la organización política de la moderna Tercera República Francesa, en especial las cuestiones relacionadas con la organización de un ejecito moderno y racional, así como la necesidad del laicismo para el fortalecimiento de una sociedad democrática y libre, entre otras cuestiones de Derecho Civil. Declarada la guerra europea trabaja como corresponsal de guerra aliadófilo y adquiere vastos conocimientos sobre la modernidad cultural y política europea. Siempre se ha considerado que la vocación frustrada de Azaña fueron las bellas letras, y quizás su labor periodística, artística e intelectual tan sólo pueda entenderse como compensación y vía de escape a una vocación de estadística o político frustrada por un sistema político cerrado y caduco como era el de la Restauración en sus años finales. Quizás la riqueza de la modernidad científica y cultural española que luego ha venido a calificarse como Edad de Plata, -las cacareadas generaciones del 98, 14 y 27- pueda explicarse, en parte, por la sublimación y desviación de las potencias creadoras nacionales hacia los únicos campos en los que las caduca y atrasada Restauración no podía oponer mayores resistencias.
Manuel Azaña, junto con otros destacados políticos contemporáneos, despliega a lo largo de más de una década, desde la fundación clandestina de Acción Republicana en 1926 hasta el final de la guerra en 1939, una labor encaminada a arrumbar la política caduca de la Restauración e implementar el programa de reformas que trajeran la modernización política que España necesitaba. Miembro del Comité Revolucionario que ayudó a la instauración de la República tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, Ministro de Guerra, Presidente del Ejecutivo en el primer bienio, cofundador y cabeza de Izquierda Republicana y el Frente Popular en el segundo, y Jefe de Estado en 1936, simboliza, como ningún otro personaje histórico contemporáneo, el proyecto de modernización política que representaba la Segunda República española. En contra de la opinión de ciertas corrientes historiográficas nunca suficientemente refutadas, la República no fue un proyecto político fracasado abocado a la guerra civil. En el mejor de los casos, se la dejó fracasar, y en el peor, se la obligó a violentamente a fracasar por la fuerza de la infamia patria y ajena. Estos discursos, ocultan descaradamente las realizaciones y experiencias positivas logradas por la República como fue la constitución de un Estado de derecho democrático y respetuoso con las libertades ciudadanas, la reforma racional del ejército y la administración estatal, la reforma agraria, la descentralización administrativa y las autonomías regionales, el Estado laico, la socialización de la educación primaria y la lectura a través de unas políticas culturales democratizadoras, el voto femenino, el divorcio y otros derechos de la mujer, etc. Muchos de estos rasgos de modernidad política fueron efectivamente logrados en la experiencia democrática de la Segunda República. Tras los años de la dictadura franquista, se logró la modernidad económica y social bajo –y pese- a un Estado autoritario y los cambios políticos se hicieron inaplazables. La presente Segunda Restauración borbónica ha tenido que reponer, reconocer y mejorar muchos de los logros políticos del periodo republicano, e incluso alguna de sus instituciones estatales como la Generalitat catalana, olvidándose, eso sí, de toda memoria democrática anterior a 1975. Pese a todo, la devolución de muchas de las libertades adelantadas por la República pone muy a las claras lo acertado y visionario del proyecto de modernización política republicana y la completa vigencia actual del mismo.
En este 125º aniversario del nacimiento del estadista que fue avanzada de la democracia y la modernidad política en España quisiéramos conmemorar a Azaña y a lo que él representa, -el proyecto de radicalidad democrática republicana- no sólo como lo mejor del pasado, sino como proyecto vigente de modernidad. La República y el republicanismo siempre han sido, son y serán anticipación al futuro… o no serán.

EL HIJO DEL ACORDEONISTA

EL HIJO DEL ACORDEONISTA
Bernardo Atxaga. Madrid: Alfaguara, 2004.
El poeta, ensayista y narrador vasco regresa por sus mejores fueros en esta hermosa novela llena de reflexiones sobre el paso del tiempo, la distancia y los nexos que los salvan: las palabras, que como frágiles y ligeras mariposas sostienen la memoria emocional capaz de trascender cualquier tipo de barreras espacio-temporales. La edición original en euskera (Soinujolearen semea, 2003) ha merecido el Premio del Crítica 2003 y el Premio Euskadi de Plata y se ofrece ahora al público español no vascoparlante en una meritoria versión a cargo de Asun Garikano y el propio autor. Con una inteligente trama metanarrativa y tamporal, la novela combina la narración de dos amigos vascos sobre los recuerdos de sus vivencias a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en una Euskadi marcada por una violencia que tiene su origen en los fatídicos días de la guerra civil. David, es hijo del acordeonista de Obaba, imaginaria localidad vasca en donde Atxaga ya había ambientado su anterior obra Obabakoak. Atribulado por las sospechas de la implicación de su padre en los fusilamientos de los maestros republicanos y otros vecinos del lugar durante la guerra, narrará sus memorias infantiles y juveniles con la ayuda de su inseparable amigo Joseba a través de los años finales del franquismo y la transición. El contexto histórico y las diferentes pequeñas historias que incluye la novela –destaca muy especialmente la del primer americano de Obaba-, da lugar a interesantes reflexiones sobre el exilio, el desarraigo, y sobre las actitudes éticas ante la violencia y la traición. La novela, que parte de unas esperables premisas del vasquismo de izquierdas, se resuelve de un modo inesperado, tanto para los defensores como para los detractores de este punto de vista. En un paradójico final se muestra que las historias nunca son como fueron, sino como las recordamos y como podemos, queremos o nos dejan contarlas. En suma, como expone el hermoso poema con el que se abre la novela, se trata de una inteligente reflexión sobre la memoria emocional del lenguaje que invita al lector predispuesto a sumergirse en el mundo personal de Atxaga. / MPM

Saludos

Saludos

La pista del libro de un amigo, me ha traído a esta página. Iré dejando por aquí algunas reflexiones, pensamientos, trabajos, sobre los temas que me obsesionan o me entretienen o me preocupan. Os dejo una foto.
Salud y República.

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