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AZAÑA O EL PROYECTO DE LA MODERNIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA

En el 125º aniversario del nacimiento de Manuel Azaña Díaz

Por Manuel Pulido Mendoza
Un 10 de enero de 1880 nacía en la madrileña localidad de Alcalá de Henares el que llegaría a ser Presidente de la Segunda República Española Manuel Azaña Díaz. Tras su formación primaria y secundaria en la provincia de Madrid, se licencia en derecho por la Universidad de Zaragoza en 1897 y se doctora en 1900 con la tesis La responsabilidad de las multitudes. Manuel Azaña, como el resto de jóvenes intelectuales de su generación, vivió en el quicio entre un interminable y ruinoso siglo XIX y la modernidad de un siglo XX que parecía no llegar nunca al país. Azaña alcanza conciencia política en el momento en el que el sistema de la Restauración monárquica está haciendo aguas ante su incapacidad de adaptación a las nuevas realidades históricas que la modernidad industrial estaba creando en Occidente. La ineficaz y autoritaria administración colonial española nada pudo hacer ante la pujante fuerza económica y militar estadounidense en la guerra de 1898. España, un país fundamentalmente agrario, sin posesiones ultramarinas de importancia, con una estructura social, económica, política y cultural atrasada, estaba perdiendo el tren de la modernización ante las poderosas naciones de su entorno. El país estaba excluido de este proceso que, impulsado por la concentración de capitales, estaba llevando a importantes cambios históricos en Occidente. En el cambio de siglo, las clases dirigentes mantenían el país fuera de este proceso de industrialización acelerada, urbanización, secularización, racionalización agrícola, especialización y crecimiento industrial. En España, por tanto, se daba una escasa complejidad en la división del trabajo, en diversificación de estratos sociales, en la participación política y en la esfera pública de las clases sociales populares, y en general, el mercado de consumo de masas estaba muy poco desarrollado. Los estados occidentales modernos habían conseguido desarrollar una creciente capacidad para la regulación institucional de los conflictos sociales y políticos, mientras que en España, la conflictividad de las dos últimas décadas de la Restauración era cada vez mayor.
La modernización de la segunda revolución industrial, consiguió, pese a las caducas estructuras políticas estatales, abrirse paso. Los capitales repatriados de las últimas colonias perdidas permitieron una incipiente industrialización zonas muy localizadas en España. Cataluña, País Vasco y Madrid fueron zonas pioneras en el proceso de modernización urbana e industrial. El crecimiento de las clases urbanas, la burguesía capitalista, la clase media profesional y el proletariado, permitieron que la modernidad se abriera paso en España a través de fenómenos imbricados como la aparición de grupos políticos regionalistas o nacionalistas, el desarrollo de una incipiente burguesía liberal puesta al día con los avances culturales y científicos europeos, y movimientos políticos y sindicales obreros cada vez con mayor poder de convocatoria. La neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial y las ganancias capitalistas adjuntas a esta posición, tan sólo acrecentaron las tensiones entre las diferentes fuerzas surgidas de la incipiente modernidad y las resistencias a los cambios. La guerra colonial de Marruecos y la conflictividad social constante obligaron a la monarquía a apoyar una dictadura que a apenas podía mantener el caparazón avenjentado e inerte del Estado de la Restauración.
Azaña, al igual que muchos otros intelectuales de su edad, vivió todo este proceso de resistencias políticas al cambio democrático en el Estado español. Como testigo de excepción pudo reflexionar sobre la necesidad y planificación del cambio político que necesitaba España para entrar en la plena modernidad industrial. Becado por la Junta de Ampliación de Estudios tuvo la oportunidad de residir en París a partir de 1911 durante un tiempo. Allí estudia la organización política de la moderna Tercera República Francesa, en especial las cuestiones relacionadas con la organización de un ejecito moderno y racional, así como la necesidad del laicismo para el fortalecimiento de una sociedad democrática y libre, entre otras cuestiones de Derecho Civil. Declarada la guerra europea trabaja como corresponsal de guerra aliadófilo y adquiere vastos conocimientos sobre la modernidad cultural y política europea. Siempre se ha considerado que la vocación frustrada de Azaña fueron las bellas letras, y quizás su labor periodística, artística e intelectual tan sólo pueda entenderse como compensación y vía de escape a una vocación de estadística o político frustrada por un sistema político cerrado y caduco como era el de la Restauración en sus años finales. Quizás la riqueza de la modernidad científica y cultural española que luego ha venido a calificarse como Edad de Plata, -las cacareadas generaciones del 98, 14 y 27- pueda explicarse, en parte, por la sublimación y desviación de las potencias creadoras nacionales hacia los únicos campos en los que las caduca y atrasada Restauración no podía oponer mayores resistencias.
Manuel Azaña, junto con otros destacados políticos contemporáneos, despliega a lo largo de más de una década, desde la fundación clandestina de Acción Republicana en 1926 hasta el final de la guerra en 1939, una labor encaminada a arrumbar la política caduca de la Restauración e implementar el programa de reformas que trajeran la modernización política que España necesitaba. Miembro del Comité Revolucionario que ayudó a la instauración de la República tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, Ministro de Guerra, Presidente del Ejecutivo en el primer bienio, cofundador y cabeza de Izquierda Republicana y el Frente Popular en el segundo, y Jefe de Estado en 1936, simboliza, como ningún otro personaje histórico contemporáneo, el proyecto de modernización política que representaba la Segunda República española. En contra de la opinión de ciertas corrientes historiográficas nunca suficientemente refutadas, la República no fue un proyecto político fracasado abocado a la guerra civil. En el mejor de los casos, se la dejó fracasar, y en el peor, se la obligó a violentamente a fracasar por la fuerza de la infamia patria y ajena. Estos discursos, ocultan descaradamente las realizaciones y experiencias positivas logradas por la República como fue la constitución de un Estado de derecho democrático y respetuoso con las libertades ciudadanas, la reforma racional del ejército y la administración estatal, la reforma agraria, la descentralización administrativa y las autonomías regionales, el Estado laico, la socialización de la educación primaria y la lectura a través de unas políticas culturales democratizadoras, el voto femenino, el divorcio y otros derechos de la mujer, etc. Muchos de estos rasgos de modernidad política fueron efectivamente logrados en la experiencia democrática de la Segunda República. Tras los años de la dictadura franquista, se logró la modernidad económica y social bajo –y pese- a un Estado autoritario y los cambios políticos se hicieron inaplazables. La presente Segunda Restauración borbónica ha tenido que reponer, reconocer y mejorar muchos de los logros políticos del periodo republicano, e incluso alguna de sus instituciones estatales como la Generalitat catalana, olvidándose, eso sí, de toda memoria democrática anterior a 1975. Pese a todo, la devolución de muchas de las libertades adelantadas por la República pone muy a las claras lo acertado y visionario del proyecto de modernización política republicana y la completa vigencia actual del mismo.
En este 125º aniversario del nacimiento del estadista que fue avanzada de la democracia y la modernidad política en España quisiéramos conmemorar a Azaña y a lo que él representa, -el proyecto de radicalidad democrática republicana- no sólo como lo mejor del pasado, sino como proyecto vigente de modernidad. La República y el republicanismo siempre han sido, son y serán anticipación al futuro… o no serán.

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